Los acontecimientos de los últimos días en el Sur de Israel y la Franja de Gaza (controlada por Hamas) han llevado a un callejón sin salida la Hoja de Ruta y compromete seriamente la paz y la estabilidad en Oriente Medio. El clima de tensión se aprecia en las capitales de los países árabes como una clara incitación a un recrudecimiento y expansión de la crisis. Las manifestaciones de Egipto, Siria y Líbano, por citar algunos ejemplos, son bastante elocuentes del clima de tensión, aunque, en algunos casos, sea mayor el ruido que las nueces.La constante provocación y actitud claramente agresiva hacia Israel por parte de Hamas, que controla la franja de Gaza, y la ambigüedad de la Autoridad Nacional Palestina, han comprometido seriamente las posibilidades de alcanzar una distensión en este enquistado conflicto, en las últimas semanas. La acción militar israelí hay que entenderla como una respuesta legítima a los persistentes ataques que sufre Israel en su territorio desde la desconexión de Gaza.
Ya desde 2004, en que tuve la oportunidad de visitar Dugit, en el Norte de la Franja de Gaza, meses antes de la desconexión, advertí de que una salida de Israel de esa zona, implicaría una mayor presión terrorista contra el Sur del país, y que comprometería la seguridad de infraestructuras y recursos de Ashquelon. Desgraciadamente, no me equivoqué, y se cumplieron mis pronósticos. Eso no era óbice para que la administración israelí estudiara y aplicara una separación total de los territorios.
Hoy se corre el riesgo, más que nunca, de una posible extensión del conflicto, y la implicación de países hostiles a Israel.
Si bien es necesario contrarrestar la presión terrorista, se ha de mesurar el uso de los recursos tecnológicos y de campaña en cualquier operación de defensa a fin de evitar víctimas inocentes y no contravenir la legislación internacional.
El viceministro de Defensa tendrá que medir sus palabras y no emplear términos equívocos sobre cualquier acción en Gaza para repeler el acoso de los milicianos de Hamas. Le recomendaría menos amenazas que podrían ser empleadas en contra del país en foros periodísticos o políticos claramente adversos, y actuar más, con la mayor discreción, racionalidad y diligencia posibles. Mientras tanto, no se debe descuidar las tentativas diplomáticas para conseguir, al menos, rebajar la tensión, por cierto, al rojo vivo.
Una catástrofe humanitaria en la zona traería consecuencias desastrosas, especialmente, en un ambiente mediático hostil generalizado con un sesgo antisemita.
Por otro lado, resulta incomprensible la condena del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a Israel, y no tenga en consideración las causas que han motivado esa respuesta considerada desproporcionada, y se haya mostrado con tibieza sobre ese acoso terrorista en Judea y Samaria y Gaza.
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